domingo, 16 de julio de 2006

Feroces forajidos estos cachorros

Niños
de Selva Almada

Editorial de la Universidad de La Plata. 2005. 65 páginas.

Villa Elisa, Entre Ríos
Por Ramón Fernández Caricato

“Cuatro años es mucho tiempo para un niño. Es prácticamente la mitad de su vida”, explica un personaje en Paris, Texas (Win Wenders, 1984). “Ahora la abuela tiene la edad de Manuela; mi madre, la edad de la abuela; yo, la edad de mi madre. Algún día voy a tener todas las edades juntas”, concluye la narradora en uno de los capítulos de Niños, el nuevo libro de Selva Almada.

Las citas –arbitrarias y hasta encriptadas por parte del responsable de estas líneas- sirven para ubicarnos cronológicamente en una etapa de nuestras vidas en la que el tiempo se mide más allá de minutos, horas, meses y años. La infancia de los personajes de la autora de Mal de muñecas (cuatro poemas y un relato breve ilustrados por Luis Acosta, editado en el 2003) se recuerda en siestas y en veranos. Y en un una amistad única, entrañable; con un chico –Niño Valor- de la misma edad de la narradora. Un pasado, el primero del que se tenga memoria, revisado en imágenes como la de una pared hecha de botellas vacías de ginebra que la luz del sol teñía de verde –“como inundando de kriptonita”, se nos informa- dando la apariencia de increíbles Hulks a todos los que estuvieran en la habitación.

Podría decirse que estamos ante una novela de iniciación ya que en sus páginas los caminos que sus personajes toman dejan atrás las historias que se nos están contando, yendo en busca de otros lugares y otras historias. También se podría coquetear con los datos autobiográficos de su responsable. Pero eso es lo de menos. El trabajo superlativo y la emoción genuina del libro están en la austeridad de sus oraciones, en la economía de recursos que ostenta la narración y en jugarle una ficha a la posible identificación que se pueda generar con las vivencias de las situaciones descriptas. Insistimos, esta infancia de siesta y verano podría transmitir el tedio del pueblo donde transcurre hipotéticamente. Su nada. Y sin embargo, en ese montón de nada hay un todo.

Recientemente antalogada en Una terraza propia –el libro de Editorial Norma en el que Florencia Abbate como compiladora presenta a veintitrés nuevas narradoras argentinas- en su novela Almada aborda una primera aproximación hacia un tema que nos desvela, siempre, en cualquier momento de nuestras vidas: la muerte. Que ante los ojos de los niños protagonistas presenta ceremonias, alteración de rutinas y hasta cierta posibilidad de acercarse a un Dios justiciero como ese que –en teoría- le concede al cerdo carneado el rayo para vengarse de un árbol.

¿Por qué será que lo mejor siempre parece quedar hacia atrás? Es posible que esto suceda en todos los órdenes de la vida: el cliché de todo tiempo pasado es mejor se acentúa más en el arte, pero en nuestros días de por medio –por lo general- es una constante. También es probable que lo pasado haya sido muy, muy bueno y, con el paso del tiempo, mejor. He ahí el truco de Niños. Que la nostalgia no sea azucarada. Que la mirada con la que se aborda el recuerdo no sea impostada. Y en esa objetividad alcanzada en el relato, encontrar su poesía. Su música. El soundtrack de lo que fue y nosotros no pertenecimos. La intención no es voyeurista. Todo lo contrario. Somos bienvenidos. Nos han invitado. Se nos abre la puerta de par en par para entrar a ese mundo. Se nos abre la puerta para ir a jugar con el Niño Valor y su amiga.

El libro se lee rápido. El efecto posterior a su lectura sin embargo no es efímero. Nos ha marcado. Porque la curda de emociones con las que nos emborracha la prosa de la escritora, si bien no hace hincapié en el deja vu por parte del lector, deja la posibilidad de abandonar una postura pasiva y poner algo de lo que fuimos en eso que ella nos está contando. Almada es tan hábil y encantadora como ese abuelo narrador de historias de basiliscos, luz mala y apariciones. Y nosotros –sus lectores- terminamos siendo como los niños de sus párrafos: cómplices de lo que se nos está contando. Por más que no sea nada nuevo. Más allá de que parezcan repetidas, necesitamos de esas historias. Una vez más.

Y queremos más.

Como Win Wenders en la dirección y Sam Shepard en los textos (Crónicas de Motel), más de dos décadas atrás, hurgando en el desierto del corazón de un adulto para volver una y otra vez sobre los mismo parajes y lo que fuimos -en París, Texas-; casi-casi para la misma época en la que el Niño Valor le robaba atados de hojas de eucalipto a la pobre Manuela -en Villa Elisa, Entre Ríos-; Selva Almada -de lo que para la mayoría es LA nada y lo que ya FUE- hizo con sus Niños algo inolvidable.


Publicado en el número 3 de la revista literaria "Los Asesinos Tímidos", dirigida por María Eugenia Rombolá y Juan José Burzi. Julio de 2006.